MIEDO A LA REALIDAD
Si no
ponemos distancia con todo aquello que nos rodea y nos envuelve en ruido no
podremos cambiar y daremos tumbos, de un sitio a otro, sin rumbo ni horizonte.
La vida, entonces, se escapa como el agua entre las manos. Y, poco a poco,
sentiremos un gran vacío interior. Para soportarlo buscaremos todo tipo de
paliativos, sicológicos, emocionales, afectivos y materiales. Hay quienes se
refugian en el sexo, en la comida o en la adicción al trabajo. Otros caen en la
dependencia a los dispositivos tecnológicos. Otros se enredan en relaciones
enfermizas que los esclavizan y les impiden tomar decisiones con libertad.
La búsqueda
de sentido entraña una exigencia tan fuerte que muchos prefieren anestesiarse o
aturdirse en la vorágine del trabajo, un ritmo trepidante de diversiones o un
sinfín de obligaciones familiares. La persona que se sumerge en este caos poco
a poco va reduciendo su campo vital y el eje de su vida se centra en una
realidad virtual que se fabrica en torno a su ficción. Ya no ve las cosas con
objetividad, pierde la noción de la realidad y vive sin vivir.
Para vivir
de verdad y abrazar la propia realidad es necesario ser libre, y para esto
hacen falta agallas y valentía. El primer paso es hacer una tregua entre lo que
somos y lo que estamos haciendo. Hay que cortar esta bipolaridad que nos puede
llegar a enfermar. A menudo dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a
actividades que no concuerdan con nuestros deseos y nuestro ser más genuino.
Perdemos la noción de nosotros mismos. Nos fabricamos un mundo irreal porque el
real nos exige humildad, capacidad de asumir nuestras propias contradicciones y
aceptación, de uno mismo y de los demás y del mundo en que vivimos. También
pide generosidad, compasión y aprender a amar todo lo que te rodea. Sólo así
podremos superar los patrones mentales fabricados por el miedo para iniciar una
andadura que dé sentido a nuestra vida.




